La autoexigencia implica proponernos objetivas y metas poco realistas, nada ajustadas a lo que realmente podemos conseguir.
Que no podamos conseguirlos no tiene nada que ver con nuestra capacidad. Somos capaces, sin duda. Ocurre que nos imponemos ciertos “requisitos” o “condiciones” demasiado rígidas, poco flexibles, y pretendemos obtener resultados muy concretos y perfectos.
Es ahí donde está el problema. En cómo planificamos nuestros propósitos y en las expectativas que tenemos de los resultados finales.
Si tu autoexigencia es alta, es posible que termines pensando sobre ti…
“Soy una vaga”
“Qué desastre, ni siquiera soy capaz de…”
“Empiezo todo pero no lo termino”
“Soy lo peor”
“Con lo que podría hacer y aquí estoy perdiendo el tiempo”
“Me cuesta la vida ponerme”
Y es posible que hayas llegado a esas conclusiones porque te encuentras en un momento de bloqueo, inacción o procrastinación.
A veces, si “tiramos de la cuerda” vemos que todo comienza en la propia exigencia. Porque cuando nuestra exigencia no puede satisfacerse se camufla de muchas formas…la procrastinación o el bloqueo son algunas de ellas.

Para revisar este bucle desde el principio, puede que te sirva identificar tus “mandatos” de cada día:
“Tengo que…”
“Me tendría que poner con…”
“Tengo que poder”
“Solo es hacer esto”
“De esta semana no pasa”
“A ver cuando busco tiempo para…”
A partir de ellos, las personas ponemos en marcha una serie de conductas. Conductas que encajan con el comportamiento exigente y que también tendrán que revisarse.
¡Hasta pronto!