Si la preocupación suele ser habitual en tu vida y no sabes cómo aprender a convivir con ella, quédate, este post puede ayudarte.

La preocupación es innata en nosotros, nacemos preparados para preocuparnos.
Hacerlo nos permite anticiparnos a problemas o situaciones que son potencialmente “peligrosas”: una discusión, un problema en el trabajo, una prueba médica,…

Para nuestro cerebro cualquier situación puede suponer un peligro. No para nuestra integridad física pero sí para nuestro bienestar psicológico y estabilidad. Por ello, todo lo que pueda perjudicarnos en ese sentido puede convertirse en motivo de preocupación.

Muchas veces el motivo de nuestra preocupación no está presente, no es tangible, pero está. En nuestra cabeza, en nuestros pensamientos, anticipando – somos expertos en ello- el futuro y todo lo que podría ocurrir.

La preocupación como reacción del ser humano tiene que estar. Es necesaria y no se irá, no podemos hacer nada para que se vaya. Por eso no sirve de mucho negar esa preocupación, evitarla o luchar contra ella.

Cuando la evitamos, parece que nos alejamos pero nos persigue. Cuando luchamos, estamos frente a ella, resistiendo su efecto. Hacerlo nos agota. ¿Y si caminamos a su lado? ¿Y si admitimos su presencia y la validamos?

Está ahí. Tiene que estar porque eso que tanto te preocupa es importante en tu vida. No la mires como una enemiga. No lo es. Lo que te hace sentir es desagradable, un runrún por dentro que no cesa, que te reconcome. Precisamente esa es su función: preocuparnos para ocuparnos.

Cuando aparezca puedes recordar que…

“Esto que siento es preocupación y está ahí por algo que es importante para mí”.
“No es mi enemiga, es natural que aparezca ahora”.
“Me puede ayudar a enfocarme en lo que es importante para mí”.
“Sentirme así está bien aunque sea incómodo”.

Por otro lado, esa preocupación podría ser una reacción disfuncional y poco adaptativa cuando…

· Aparece de forma muy frecuente y provoca mucho malestar.
· Es muy intensa y difícil de gestionar, nos desborda.
· Los motivos de la preocupación suelen ser hechos poco o nada probables (anticipación).
· Aparece de forma intensa ante todo tipo de situaciones (ansiedad generalizada).
· No nos dirige hacia una solución ni facilita nuestro afrontamiento.

¿Quién valora qué es “mucho”, “intensa”,…? ¿Cuándo es o no es?

Realmente tú.
Tú sabes si tu preocupación está limitando tu día a día y supone una barrera en tu vida.
Tú sabes si lo que sientes cuando te preocupas es tan fuerte que no puedes afrontarlo, viéndote bloqueado, sin recursos.
Tú sabes si esa preocupación te está ayudando a poner en marcha acciones y soluciones o, por el contrario, supone una zancadilla más.

Habitualmente pensamos que “darle mil vueltas” a lo que nos preocupa no es un afrontramiento adecuado, que no debería ser así.
La realidad es que darle mil vueltas a lo que nos preocupa no es necesariamente una señal que nos indique que la preocupación está siendo disfruncional o desadaptativa. Diría que nos ocurre a todos. Significa que nuestro cerebro funciona y funciona bien: la preocupación se suele mantener hasta que se resuelve (en la realidad o en nuestra cabeza) el motivo de la preocupación. Que sea así no quiere decir que esa rumiación sea constante, ni que eso nos genere mucho malestar, ni que nos limite, nos impida actuar/resolver o no sea útil.

Si sientes que tu preocupación está suponiendo una barrera en tu vida, la mejor recomendación que te puedo dar es que pidas ayuda profesional.

En el apartado de Cursos online tienes diversos cursos y recursos gratuitos que podrían interesarte. En especial, el Programa “Transformando nuestra relación con los pensamientos” puede servirte para gestionar preocupaciones y pensamientos intrusivos.

¡Hasta pronto!

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