La covid-19 ha llegado para quedarse un tiempo y ha llegado de golpe. Sin aviso.
Un día era “como una gripe” y una semana más tarde estaba acabando con miles de vidas de una forma horrible y solitaria. Como le decía a una de mis pacientes hace unas semanas: no ha habido ningún entrenamiento para esto. El mundo, nuestro mundo, se ha parado de golpe. Encerrados en casa. Sin ver a familiares ni amigos. No poder hacer todo aquello que hacíamos y que pasaba desapercibido en nuestro día a día. Afrontar cambios tan drásticos en el trabajo o en los estudios. Ver muerte. En todas partes y a todas horas.

Durante el confinamiento y ahora, en plena desescalada, la mayor parte de las emociones, sentimientos y pensamientos que han podido surgir son completamente normales: Miedo. Pánico. Tristeza. Ansiedad. Frustración. Pena. Incertidumbre. Inestabilidad. Incluso cierta sensación de irrealidad, como si estuviesemos en un mal sueño. Podemos tener la sensación de haber perdido el rumbo. De haber perdido la alegría, la vitalidad y las fuerzas que teníamos. Podemos sentirnos algo más perdidos, inseguros y vulnerables.

La realidad es que no estábamos preparados para vivir lo que hemos vivido, para sentir todo eso, a la vez y con tanta intensidad. No había forma de estarlo. Y puede que durante este tiempo hayan aparecido pensamientos como “me gustaría llevarlo mejor, estar más animada, seguir trabajando como siempre”. Ahí está sa idea que tenemos grabada a fuego: Sentirme inestable, vulnerable, sentirme mal, no está bien, no debería ser así.

¿Y por qué no? De hecho, ¿Cómo que no?

Ante este tipo de pensamientos es importante recordar que:

· No podemos/podíamos estar al 100% y es natural.

· No hay ninguna forma mejor de llevar esto.

· No es necesario exigirnos tanto [¿Para qué?].

·Está bien sentir. Permitirnos sentir. Sea lo que sea.

 

Si sientes que algo no va bien, si todo eso que sientes es muy intenso o no te deja avanzar, es el momento de pedir ayuda.

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