Depresión y apatía. El caso de Carmen.

Carmen tiene 37 años y siempre ha tenido una vida bastante sencilla, “fácil” como dice ella. Una familia unida, sin grandes problemas. Encontró trabajo antes de acabar la carrera y ha estado en la misma empresa desde entonces. Con 28 años conoció a su pareja y años más tarde decidieron tener hijos. Todo iba bien. Hace dos años la despidieron porque la empresa no iba bien. Los siguientes meses fueron muy malos. Empezaron los problemas en casa, con su marido. No sabían cómo llevar la situación y las discusiones eran frecuentes. Malos momentos que coincidieron con el nacimiento de su segunda hija. Sin saber cuándo ni por qué, Carmen se siente superada y cada día va a peor.
Ha perdido las ganas de seguir adelante y la ilusión. Se siente muy decaída y triste cada día, no tiene fuerzas, ha dejado de disfrutar incluso de sus hijas, y se siente vacía e inútil. La mayoría de los días ni siquiera puede levantarse de la cama. Cada día es una gran lucha para ella y se levanta deseando que el día termine. Se siente muy culpable y a menudo piensa en “quitarse de en medio”. No quiere ser una carga para su familia y piensa que así dejaría de sufrir tanto.

Carmen sufre depresión.
Su marido, sus amigos y su familia le dicen constantemente que se anime, que salga de casa, que cuide de sus hijas y que haga algo por ella.
No puede. Un trastorno depresivo, una depresión (como solemos decir), no se elige ni se puede controlar fácilmente. Carmen no ha hecho nada para estar así. Y no, no puede simplemente animarse, levantarse de la cama y seguir con su vida como si no pasase nada. La depresión, como cualquier otro trastorno, puede darse en cualquier persona, de cualquier edad y en cualquier momento de su vida. Carmen no estaba pasando por un buen momento y seguramente ese fue el detonante, el interruptor que puso en marcha su trastorno. Pero también podría haber aparecido sin más. Teniendo una vida sencilla, fácil y objetivamente “feliz” también se puede sufrir depresión. Porque como os decía, no es una elección.

La depresión aparece normalmente asociada a tres circunstancias importantes que pueden darse independientemente:
· Predisposición biológica: Existe una vulnerabilidad biológica o genética a padecer depresión, normalmente cuando a nivel familiar se han dado varios casos de depresión. No obstante, esta predisposición no implica necesariamente que se desarrolle.
· Factores de vulnerabilidad: Algunos factores psicológicos y personales podrían influir, por ejemplo, en un afrontamiento inadecuado de la tristeza. Hablaríamos de formas de pensar rígidas y negativas, facilidad para culparse, dificultades sociales que impiden una red social adecuada, habilidades deficientes para resolver problemas, etc. De la misma forma, la presencia de algunos factores de vulnerabilidad no implica el desarrollo de un trastorno por depresión.
· Pérdida de reforzadores: Se produce un desequilibrio en aspectos que sostienen nuestra vida, nuestro bienestar, y la balanza se descompensa hacia “lo negativo”. Incluiríamos aquí cambios vitales, pérdidas, cambios importantes, pequeñas pérdidas que se van sumando, cambios ambientales, pérdida de valores o creencias que han estado presentes toda la vida, etc. Igualmente, experimentar cambios o pérdidas en nuestra vida no significa que vayamos a desarrollar un trastorno por depresión.

Puede que una persona presente cierta vulnerabilidad biológica, también ciertos factores psicológicos que la predisponen a sufrir depresión pero que nunca la desarrolle porque no se ha dado ningún detonante con la intensidad suficiente para “activar” estos factores de vulnerabilidad. También puede ocurrir que una persona no presente ningún tipo de predisposición y que un único cambio importante en su vida conlleve el desarrollo de un estado depresivo por la magnitud e importancia de ese evento. Por ello, las causas de la depresión pueden ser muy diferentes en cada persona y la única forma de conocerlas es realizando una valoración psicológica y médica.

Tradicionalmente se ha asociado la depresión al llanto, a la pena y a la tristeza. Y así es, estos síntomas suelen estar muy presentes, pero lo cierto es que uno de los síntomas más intensos y marcados en la depresión es la apatía: estado de desinterés y falta de motivación.

Carmen no tiene ganas de hacer nada. No le apetece salir. El fin de semana prefiere quedarse en casa cuando sus hijas quieren ir al parque. Con el paso de las semanas tampoco le apetece ir a comprar y le dice a su marido que vaya él al salir del trabajo. No le apetece tomar el café de la tarde con sus amigas y les dice que se encuentra mal o que tiene cosas que hacer. Algunos días llega la hora de comer y no ha preparado nada para sus hijas. Su madre empieza a visitarla casi cada día y hace algunas las tareas del hogar. Poco a poco, deja de llevar a sus hijas al colegio. Tampoco las recoge. Tras unos meses, Carmen se pasa prácticamente todo el día en la cama.
Carmen ha entrado en un bucle del que ya no sabe salir. Su apatía la ha llevado a abandonar actividades y tareas cotidianas, eso la hace sentirse peor, más triste, más culpable, más desesperanzada. Al sentirse así, se siente incapaz de retomar ciertas actividades e incluso deja de hacer otras tan necesarias como ducharse. Para romper ese bucle y mejorar su situación Carmen necesitará ayuda profesional.

¿Os apetece que hablemos en otro post de cómo ayudar a Carmen?

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